(Serie Anécdotas Agronómicas - V)

El poder de la semilla que siempre nace y crece es un misterio que el agricultor no entiende (Mc. 4:27) ni tampoco nosotros.

Viene a la memoria lo que Jesús dijo acerca de Dios decidir revelar las verdades más profundas del evangelio a los humildes de corazón, ocultándolas a los supuestamente sabios y entendidos.

¿Podríamos entonces llegar a la liberadora percepción de que el “no saber” apunta no solo para una limitación de nuestra capacidad, pero también para algo deseable a una sana espiritualidad?

Examinemos rápidamente cuando es que el “no saber” podría ser una virtud.

Uno de esos casos nos es revelado por la parábola de la mala hierba (Mateo 13:24-30;36-43). Ella nos impide que nos pongamos en una posición de jueces, pues en verdad no lo somos. ¡Hay solamente uno! Cuando pensamos que “sabemos”, nos arriesgamos a remover la planta que creció de la buena semilla junto con la nefasta.

“No saber” también es algo que nos ayuda a que no nos ahoguemos en una tentadora necesidad de controlar los procesos y los resultados, esa que al fin nos lleva a una ansiedad absurda. Al evitar esa trampa, podemos desarrollar esa confianza más liviana y descansada en el Señor.

Por último, si pudiéramos entender todo acerca del misterio y del poder latente en la semilla que es la Palabra, podría pasar que nos veamos a nosotros mismos como grandes e que percibiéramos a Dios y su Palabra como chicos y maniobrables de acuerdo con nuestros propios intereses.

Difícil imaginar algo más peligroso que la religiosidad como instrumento de poder para que una persona o grupo alcance sus propias agendas.

Hay mucha virtud en confiar en poder de la semilla y de “la tierra que dá fruto por sí sola” (v. 28).

(Continúa…)

Foto: © Isaac Bonyuet - 2008 TrekEarth