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El pasado del santo y el futuro del pecador

Ricardo Wesley No Comments »


En medio a la tormenta financiera mundial, cierto personaje ha aparecido bastante y ha sido citado con frecuencia. Viene a ser el hombre más rico del mundo, Warren Buffet.

La gente comenta sus compras de aciones cuando todos las están vendiendo o hablan de su carácter de gurú financiero, codiciado por ambas las campañas presidenciales para ser algo no menor que el próximo secretario del tesoro norteamericano.

Cuestionado en una entrevista acerca de las victimas y culpables de la crisis mundial, se esquivó de contestar. Cuando presionado, disparó: “cada santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro”.

Desde la cima de sus 78 largos años, creo que el señor Buffet nos regaló una frase de profunda sabiduría. Puedo no estar de acuerdo con la visión capitalista del hombre ni ser uno de sus devotos admiradores. Mas creo que es necesario reconocer en su respuesta una importante verdad espiritual.

Esa viene a ser que, por más “santo” o correcto que yo sea, o que busque ser, siempre aún tendré la oportunidad de meter la pata a lo grande. Esa cruda verdad debería llevarme a cultivar la humildad, la moderación y la vigilancia. Ella me ayudaría a evitar la arrogancia y los abismos a que esa puede conducirme.

Hay algo más, no menos importante. Por más pecador que yo sea, por más equívocos que haya incurrido, el evangelio de la gracia y de la fe en Cristo parece siempre apuntarnos a la posibilidad del regreso, de la segunda chance. Al señalar el camino de salida, nos permite un alivio, un respiro, un hilo de esperanza en medio a la oscuridad.

Una secretaria que trabajó con el primer secretario general de IFES, Stacey Woods, concluyó después de trabajar con él por un periodo, “él es terrible en sus relaciones personales, mas posee una tremenda visión de Dios y confianza en Él – y Dios sí obra a través de él a pesar de lo que es.” 1

“A pesar de lo que es” puede parecer algo pesado o una crítica injusta, pero tal vez sea mucho mejor ser más realista con nuestros héroes, de que idealizarlos como “santos” con un pasado irreprensible. Podríamos caer en la tentación de proyectar modelos que serían inalcanzables, tal vez en la misma medida en que serían irreales, inventados.

Quizás eso nos ayude, a todos nosotros, pobres y miserables pecadores, a caminar con cuidado y confianza, porque hay Aquel que nos abre un futuro y una esperanza.

1 Citado en “C. Stacey Woods and the Evangelical Rediscovery of the University“, A. Donald MacLeod, IVP Academic.

Foto: © DSC06973
Upload feito originalmente por Ale J. Ven.

¡No me llamen misionero! O llamémonos todos…

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Una vez que me identifico como un misionero en tierras uruguayas, ¿dónde saco eso de “no me llamen misionero?”.

Bueno, ahora que logré tener su atención, pensemos un poco juntos sobre el tema. Estoy de acuerdo en ser llamado misionero. Paso incluso por una experiencia de redescubrir la belleza del sentido que acompaña ese nombre. Pero solamente aceptaré el “nombre” si nosotros lo compartamos. ¿Trato hecho?

Viene de larga fecha en la historia de la iglesia cristiana la triste división en el entendimiento de la vocación de cada cristiano. Exaltamos el fulano de “tiempo completo”, como el pastor, el obispo (apóstoles y serafines en tiempos más recientes) e dejamos en la valla común de la mediocridad, o del “cuando tenga un tiempo libre”, el restante del pueblo de Dios.

En esa polarización, el misionero, normalmente entendiéndose con eso el cristiano enviado en misión a otra cultura, ganó status de héroe que sufre en el campo de batalla. Es la proyección idealizada que expurga nuestros pecados de comodidad e indiferencia. “Al menos uno de nosotros está allá”, un representante de la clase, alguien con una fe supuestamente más elevada, llevando toda la iglesia a sentir que está cumpliendo una misión importante.

Es claro que eso normalmente viene acompañado de las expectativas de que sea alguien con un estilo de vida abnegado, sufridor, siempre en necesidad. Necesidades esas que buscaríamos atender, claro que en la medida en que las preocupaciones con la “vida real” lo permitan.

Estamos en una encrucijada. Las distorsiones necesitan ser corregidas. Misioneros tienen que ser todos los discípulos de Jesús, aquí, allí y en todo lugar. Vamos abolir esas expresiones que no nos ayudan, como “tiempo completo”. Misioneros seremos todos, sea trabajando por nuestro sustento o recibiendo apoyo, en nuestro país o en algún lugar bien diferente de nuestra cultura natal.

Vocación y llamado tienen que ser conceptos aplicados a todo cristiano, y no a una categoría supuestamente especial. ¿Vamos lograr cambiar el rumbo de ese tren?

(Foto: © SangSu Sergio Park)

Responsabilidad rima con generosidad

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(Serie Anécdotas Agronómicas - VIII)

“…las aves pueden anidar bajo su sombra” (Mc. 4:32)

Lo que tuvo su inicio en el cuidado, protección y amor de las manos de quien sembró, al fin también produce bendición para otros.

¿Tendría el que era pequeño llegado a ser grande e importante? Sí, pero vea bien que eso se dio a través de ciertos criterios. Ellos son el del servicio y de la adecuación al su llamado.

Primero, el servicio. Si algo no servir para bendecir a otros, entonces para nada sirve. Como tantas otras cosas en el Reino, aquello que se retiene, se pierde. Aquello que se gasta y se invierte en la vida de otros, al contrario, tiene grande provecho.

Segundo, la adecuación a su propuesta o llamado. No se puede esperar de una hortaliza lo que solo un roble puede ofrecer. Siempre es preciso revisar las expectativas para chequear si ellas están en sana perspectiva.

Concluimos esa serie volviendo al interludio entre las parábolas agronómicas (Mc. 4:21-25), que nos revela que aprendizaje tiene que ver con responsabilidad.

¿Qué hacemos con lo que aprendemos? ¿Qué alguien debe hacer con algo precioso que recibe en sus manos?

La metáfora de la luz nos habla de diligencia. Por eso la aseveración “el que tenga oídos para oír, que oiga”. Si escucharon, si aprendieron, pongan en práctica, asuman responsabilidad por lo aprendido, multiplicándolo.

El criterio una vez más será el beneficio de muchos. Pongan la luz en “un lugar apropiado”, para que ilumine bien, para que llegue a más gente, para que ella sirva a un propósito útil.

Jesús concluye indicándonos que responsabilidad rima con generosidad (Mc. 4: 24-25). En una primera lectura, suenan difíciles esas palabras de Jesús cuanto al principio de la reciprocidad.

Tal vez aceptemos más fácilmente esa lógica cuanto a los juicios. Si somos duros al juzgar, así también seremos juzgados. Parece razonable. Además, pensando bien, también parece bien justo que la reciprocidad sea aplicada a la generosidad.

O sea, si somos generosos al dar y ofrecer, aún más nos será dado. Ese recibido también será ofrecido y así sucesivamente sigue el ciclo. Observe que es algo distinto de la sutil, aun que terrible, distorsión de la “teología de la prosperidad”, donde el enfoque se da en la codicia de querer ganar y acumular, algo revertido para sí mismo y su propio beneficio.

Como todas las parábolas agronómicas nos confirman, la perspectiva debe ser la de producir, multiplicar y bendecir. Cuanto más damos, más recibimos, y es claro que eso demandará un proceso de madurez y crecimiento en la fe.

Así concluyo lo que parecía una interminable serie de pequeñas reflexiones sobre el capítulo más agronómico de todos. Si algo le fue útil, aplique la lección. Sea generoso al repartir, cultivar, mejorar, hacer crecer y profundizar lo que apenas fue plantado. Cuantas más cabezas y manos pensaren y trabajaren juntas, más chances la rima del título tendrá de funcionar.

Foto: © Sunset, upload feito originalmente por surplus-to-requirements-stan.

Nuestra actitud hacia las cosas pequeñas

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(Serie Anécdotas Agronómicas - VII)

“…es la semilla más pequeña que hay”. (Marcos 4:31b)


¿Quienes no han pasado por la experiencia de ver un esfuerzo personal o una pequeña iniciativa ser minimizado o mismo despreciado?


¿Y quien ya no tuvo actitud semejante consigo mismo al desistir de algo por pensar que nunca llegaría a ser algo relevante?


Aquellas manos que creen y que saben esperar son también las mismas manos que toman la “más pequeña semilla” y la siembran en la tierra. Con ese pequeño acto y gesto, dan un enorme paso de fe.


“Una vez sembrada” (4:32a), o sea, el acto de sembrar se junta al poder latente de la semilla, y se transforma en una acción conjunta de “fe” + “potencia latente” para la gran obra que será realizada, exactamente gracias a esa conjunción de factores.


Las manos que “cultivan y guardan” (Génesis 2:15) son las que, debido al tamaño de la semilla, más cuidado y protección brindarán a la chiquita. Pero también, y ese es un lindo paradojo, más confianza y fe  tendrán cuando la sembraren, pues creerán en el mucho que de ahí podrá surgir.


Un diferencial importante se da ya desde el inicio. Se relaciona con la percepción de lo que es pequeño, de la perspectiva y de la mirada que cada uno tiene de una situación. Si aplicamos criterios “convencionales”, la semilla sería algo pequeño y sin valor.


Por otro lado, una actitud más adecuada podría considerar lo que ja viene con la semilla, y que muchos no ven o no valoran. Reconocer esa riqueza innata, casi escondida, y su potencial para crecer, producir y multiplicarse.


También hay algo más allá del poder de la semilla. Es lo que viene de la experiencia y conocimiento del sembrador, que ya vio lo que sucede después de la sembradura, que aprendió cuando es mejor sembrarla, en que condiciones y de que manera.


Ese es el conocimiento que viene de la buena tradición y de la vida. Ninguna nueva tecnología podrá sustituir la importancia que tiene saber. Ni tampoco minimizarlo, ni decir que es de “pequeño” alcance.


Al finalizar el expediente (y la cosecha), lo que parece pequeño se tornará grande, pero  en  ese chiquito texto ya no hay más espacio para pensar en los criterios para decir si algo es pequeño o grande.


Quedará para la próxima, en una promesa latente, como la semilla. Espero que usted crea. ¿En mí? ¡No! En ella, en la semilla.

(Continúa…)

Foto: © Marquicio Pagola

PD: vea una muestra de lo que identifico como pequeño, pero tan importante, en las fotos del campamento de CBU Uruguay, “Tu Vida=Tu Mensaje - evangelizar como estilo de vida”

Hacer bien lleva tiempo

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(Serie Anécdotas Agronómicas - VI)

“…primero el tallo, luego la espiga, y después el grano lleno en la espiga”. (Marcos 4: 28)


Algunas veces me pregunto cuándo es que desearía ver los resultados de un trabajo con lo cual estoy involucrado. Mi primer reacción, y es bueno que así sea, es la de desear verlos rápidamente. Quiero asegurarme que estoy yendo en la dirección acertada, que vale la pena todo el esfuerzo.


Sin embargo, y creo que eso pasa en una amplia variedad de situaciones, tarda hasta que sea posible discernir los primeros frutos concretos de un trabajo. Incluso a veces me pregunto si un día lo veremos.


Esa parábola me ayuda a valorar la importancia de las etapas, a reconocer que comúnmente hay un proceso hasta que se pueda llegar allá. Hay que esperar que el grano quede “maduro” (v. 29). Mismo que sea difícil, es necesario aguardar el “tiempo de la cosecha”.


Tres rápidas lecciones. Primera, se necesita perseverar al largo de los procesos, también llevar en cuenta que frecuentemente son demorados, y así no desanimar en el medio del camino (acuérdense de Eugene Peterson, para quien la perseverancia es sinónima de “larga obediencia en un mismo camino”).


Segunda, se necesita desarrollar una sana capacidad de evaluar los procesos, reconocer los avanzos y retrocesos, ser capaz de revisar con propriedad y sabiduría los pasos y los medios por los cuales deseamos llegar a los resultados (en otro momento pienso en volver al tema de los criterios que debemos usar en evaluaciones).


Tercera, la perspectiva de la cosecha es algo que alimenta nuestra esperanza. Eso sucede cuando la escatología no es usada como un escape y sí como aliento y alimento en la obediencia práctica y concreta del presente.


¿Cómo anda su disposición para perseverar sin que vea el resultado de sus esfuerzos?


Comparto algo que me ayuda. Espero que a vos también le sirva. Busco imaginar cómo las próximas generaciones de estudiantes universitarios se beneficiarán del trabajo que estamos desarrollando ahora. ¿Qué tipo de ministerio estudiantil cristiano encontrarán en la universidad los estudiantes que en ella entraren de ahora a 5, 15 o 30 años? ¿Cómo es que lo que siembramos ahora les podrá ser útil para que ellos afronten con fidelidad y creatividad los desafíos de su tiempo?


Piensen en eso. Quedaré muy contento de oír sus ideas al respeto.


(Continúa…)

Foto: © Yan Seiler

Cuando “no saber” es una virtud

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(Serie Anécdotas Agronómicas - V)

El poder de la semilla que siempre nace y crece es un misterio que el agricultor no entiende (Mc. 4:27) ni tampoco nosotros.

Viene a la memoria lo que Jesús dijo acerca de Dios decidir revelar las verdades más profundas del evangelio a los humildes de corazón, ocultándolas a los supuestamente sabios y entendidos.

¿Podríamos entonces llegar a la liberadora percepción de que el “no saber” apunta no solo para una limitación de nuestra capacidad, pero también para algo deseable a una sana espiritualidad?

Examinemos rápidamente cuando es que el “no saber” podría ser una virtud.

Uno de esos casos nos es revelado por la parábola de la mala hierba (Mateo 13:24-30;36-43). Ella nos impide que nos pongamos en una posición de jueces, pues en verdad no lo somos. ¡Hay solamente uno! Cuando pensamos que “sabemos”, nos arriesgamos a remover la planta que creció de la buena semilla junto con la nefasta.

“No saber” también es algo que nos ayuda a que no nos ahoguemos en una tentadora necesidad de controlar los procesos y los resultados, esa que al fin nos lleva a una ansiedad absurda. Al evitar esa trampa, podemos desarrollar esa confianza más liviana y descansada en el Señor.

Por último, si pudiéramos entender todo acerca del misterio y del poder latente en la semilla que es la Palabra, podría pasar que nos veamos a nosotros mismos como grandes e que percibiéramos a Dios y su Palabra como chicos y maniobrables de acuerdo con nuestros propios intereses.

Difícil imaginar algo más peligroso que la religiosidad como instrumento de poder para que una persona o grupo alcance sus propias agendas.

Hay mucha virtud en confiar en poder de la semilla y de “la tierra que dá fruto por sí sola” (v. 28).

(Continúa…)

Foto: © Isaac Bonyuet - 2008 TrekEarth

¿Estaría el poder en mis manos?

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(Serie Anécdotas Agronómicas - IV)

El Reino de Dios una vez más es comparado a un hombre que siembra la semilla en la tierra (Marcos 4:26-29).

Al volver a hablar del trabajo como metáfora del Reino, Jesús nos comunica que la idea del esfuerzo que uno pone para producir algo es un concepto importante en el Reino de Dios.

El trabajo no es fruto del pecado, de la Caída. El trabajo ya estaba antes, en la mente y designios de Dios para la raza humana. En el inicio, Dios puso la humanidad en un jardín, para que “lo cultivara y lo cuidara” (Gen 2:15).

Lo que pasa ahora después del pecado y de la desobediencia crucial del hombre y de la mujer es que el trabajo pasa a ser un proceso que nos costará mucho (Génesis 3: 17). Habrá que trabajar duro (Gen 3:19) y muchas veces el trabajo parecerá un esfuerzo en vano (Eclesiastés).

En ese contexto del cotidiano de nuestras vidas en que la experiencia del trabajo es muchas veces algo frustrante, cómo es importante escuchar las palabras de Jesús que rescatan el valor y la importancia del trabajador y de su esfuerzo.

Aún más importante cuando vemos el tamaño de la tarea delante de nosotros, el mucho que hay por hacer, y los obstáculos en el camino. Esas palabras de ánimo son aún más vitales cuando reconocemos la enormidad de la tarea, del mucho que hay por hacer, así como de los muchos obstáculos en el camino.

Ahora, un énfasis en nuestro esfuerzo y en el trabajo de nuestras manos no puede hacer con que creamos que todo el poder y la responsabilidad estéan en ellas, en nuestras manos. Pensar así nos llevaría a la arrogancia y a la autosuficiencia.

“Noche o día”, estando él “dormido o despierto” (Mc. 4:27a), vemos que lo que determina el fruto no es nuestro esfuerzo (“dormido o despierto”) ni tampoco las circunstancias (“noche o día”).

No hay que cargar una responsabilidad o peso más grande de lo que nos cabe o de lo que podemos llevar. Es cierto que eso nos arrastraría a una experiencia de culpa, desanimo, cansancio y frustración.

También previne que pensemos que hay que esperar por las circunstancias supuestamente ideales o más adecuadas para nuestro trabajo y esfuerzo. Infelizmente, esas “circunstancias ideales” nunca llegan, sin hablar de que podemos nos equivocar en su evaluación.

“La semilla siempre nace y crece” es un consuelo importante y una esperanza firme en un poder que no está en nuestras manos. “La tierra da fruto por sí sola”, o, en otra versión, “la semilla siempre nace y crece” (Mc. 4:28a). Esa certeza es un consuelo importante y una esperanza firme en un poder que no está en nuestras manos.

(Continúa…)

Foto: © Jon Block - Goldsmith
Upload feito originalmente por Jon Block

Dificultades, pero alegría

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(Serie Anécdotas Agronómicas - III)

Mucha gente necesitada vino escuchar esas parábolas que Jesús les contó. Quedaban paradas, en la playa, ansiosas por oír algo acerca del camino. El Sembrador entonces les habló que en la vida hay una lucha activa en contra: del olvido, de la superficialidad y de las tentaciones.

Las semillas al largo del camino son el olvido. Ellas nos hablan de la indiferencia, de la insensibilidad, de la apatía. También del peligro del “robo” de la Palabra y de la esperanza sembrada.

Las semillas en medio de las piedras son la superficialidad. Aquella que se revela en la falta de un buen fundamento, de sólidas motivaciones, de buenos marcos de referencia. Que germina de la inconsistencia y de la falta de perseverancia ante las dificultades.

Las semillas entre espinos son las tentaciones. Hasta las cosas buenas, cuando mal usadas o mal enfocadas, se transforman en un desvío y un problema. De ahí surgen las tentaciones de la ilusión y del engaño de las “soluciones” rápidas. También viene la atracción del poder, y la tentación de usarlo hacia uno mismo y no hacia el beneficio de los otros (Marcos 10:42-45), ahogando así cualquier pretensión de buen fruto.

Tal vez para animarles a vencer esas dificultades, el Sembrador cierra la parábola con la alegría de las semillas que producen. Su palabra final es una de ánimo, para nos llenar de esperanza, a pesar de las dificultades.

Humanamente, y bajo una lógica de productividad, el sembrador fue bastante inefectivo. De los cuatro tipos de terrenos, sólo uno produjo. Pero la lógica del Sembrador parece ser distinta.

De acuerdo con Él, debe haber mucha alegría con lo que pasa con esas semillas: esas que escuchan, aceptan y producen.

Al escuchar, ellas abren espacio verdadero para que la Palabra haga sentido en sus vidas. Dialogan, interactúan, la guardan, la preservan como un tesoro precioso.

Al aceptar, tal vez eso nos hable de un acogimiento genuino de la Palabra, una bienvenida que abarca su vida y le da nuevo rumbo, nueva significación y nuevo norte.

Al producir, revela lo que era más importante para el Sembrador. Fue Él mismo quien dijo, al terminar esa desafiante parábola, “él que tenga oídos para oír, que oiga”. “Escuchar” era el equivalente a “poner en práctica” la enseñanza, lo que recibió. Eso sería una comprobación de que uno de hecho la escuchó.

La buena tierra produce una cosecha variada (30, 60 e 100 por uno) y abundante. Al producir, cada una de esas semillas es ahora multiplicadora de la mudanza y de la vida en otros terrenos. ¿Qué otros? Ora, hay muchos otros como aquellos que al inicio de la historia estaban ansiosos, parados, a las orillas del lago.

Aquellos que buscaban son entonces llamados a ser la respuesta a muchos otros que también, en sus necesidades, siguen buscando.

(Continúa…)

Foto: © Tim Kahane 2006- 0138 Waiting in a field
Upload feito originalmente por mrtriggerfinger

En todos los terrenos

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(Serie Anécdotas Agronómicas - II)

En el capítulo más agronómico de todas las Escrituras*, la primera de las parábolas llega para contarnos acerca de un sembrador con una tarea. Esa consiste básicamente en hacer un recorrido por varios tipos de terrenos, sembrando en cada uno de ellos.

Entre tantas y tan importantes lecciones, hoy quedo con una que me parece poco notada. La de que el sembrador pasa por varios terrenos.

La pregunta, bien sencilla, sería esa. ¿Por qué él pasa por diversos terrenos, incluso por aquellos con “pocas chances”?

¿Estaría el sembrador en busca del terreno ideal, en un tipo de caza al tesoro perdido, para que cuando lo encuentre, abandone los demás?

¿Será que le hizo falta una encuesta previa de mercado, para saber de los intereses de sus potenciales consumidores, y así intentar prever el impacto de su producto en el mercado?

¿Habría le faltado orientación profesional y sería él solamente un inexperto amador que necesita prepararse mejor para la tarea?

¿O no sería sencillamente una indicación de que no se debe hacer una “pre-selección del terreno”? Me pongo a imaginar si la acción del sembrador podría nos revelar la lección de que no hay que buscar definir de antemano, como se eso fuera posible, dónde seremos exitosos y dónde no. Por esa lógica, alguien pensaría que podría elegir sembrar y trabajar solamente dónde imagina, o apuesta, que todo le saldrá bien.

El problema es que no es posible, ni tampoco deseable, alcanzar esa certeza.

No es posible porque no sabemos todo, no controlamos todas las variables y circunstancias. También porque hay otros elementos, así lo veremos en esas parábolas, que abarcan ese acto de sembrar con nuestras frágiles manos.

También no es deseable porque no podemos excluir o decidir que ese sí y que ese no. Al revés, Jesús nos ofreció un modelo de compasión por todas las personas, en todas sus necesidades. La paz y la vida son regalos ofrecidos a todos, sin distinción.

(Continúa…)

* Marcos 4

Foto: © Countryside: Crops
Upload feito originalmente por Tim Blessed

Fue así que me enamoré de aquel texto

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(Serie Anécdotas Agronómicas - I)

¡Yo me enamoré de un texto bíblico en un congreso científico! Les cuento como eso pasó. Tuve que llegar antes para asegurar un asiento en el auditorio. El Dr. Warwick Estevam Kerr estaba por dictar una conferencia en el Congreso Brasileño de Genética. Era 1990, en una pequeña ciudad del interior de Minas Gerais. De todas partes llegaban estudiantes y profesores para oír aquel que traía consigo una envidiable reputación de científico brillante.

Con el propósito de hablar de la biodiversidad, que era el tema de su charla, ¡Dr. Kerr nos deleitó con una exposición de la parábola del sembrador! Ahí estaba un respetado genetista dejándonos estupefactos en su desembarazo para hablar de ciencia usando la sabiduría de los evangelios.

Creo que el capítulo 4 del evangelio de Marcos, dónde encontramos esa parábola, es el capítulo agronómico por excelencia. Antes que pienses que estoy siendo tendencioso por defender la clase agronómica, observe que, en esa sección de las Escrituras, Jesús nos cuenta tres parábolas sobre las semillas como metáforas del Reino.

Dr. Kerr es un hombre brillante, pero también muy sencillo. Recuerdo con cariño su deferencia al hacer comentarios acerca del trabajo científico que yo, un joven y bien inexperto estudiante, presentaba. Aun que él conociera mi padre ya por algunas décadas, fue fácil reconocer que su atención no fue debida a esa, digamos, conexión familiar.

Bastaba para eso ver cómo él pacientemente visitaba cada stand, y la manera con que él hablaba con cada estudiante como si fuera un compañero de larga fecha en la labor científica. El saber no le había subido la cabeza. Preguntábamos entonces si podría haber otra lección que él nos podría dar. Y él lo hacía.

Él era alguien que proponía cuestiones ingeniosas, provocativas, ayudándonos a ver facetas de la investigación que antes no nos habíamos dado cuenta. O sea, su ayuda venía más a través de sus preguntas y provocaciones de que a través de recetas que pudiera darnos.

Fue así que ese profesor universitario, un científico bien respetado en todo el mundo, me ha llevado a una pasión por algunas parábolas de las Escrituras.

Hablo del maestro, y de cómo me inspiró, quizás en un sencillo homenaje, antes de compartir con ustedes algunas breves reflexiones acerca de las semillas y del Reino, en una serie de estudios a las que nombro “anécdotas agronómicas”. ¡Hasta la próxima semana!


Foto: ©
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