¿Qué impacto puede traernos un incendio forestal alrededor de un campamento estudiantil? Creo que mi propia respuesta a esa pregunta quitará el mérito del fuego, tal vez no hable tanto del milagro que allí ocurrió, y centrará la búsqueda del aprendizaje en la reacciones de cada uno de los sobrevivientes.
Era el penúltimo día del encuentro nacional de capacitación de GBU Chile, en ese lindo campamento que GBU posee en Río Quino, cerca de 8 horas al sur de Santiago.
Yo había sido invitado a hacer exposiciones sobre la espiritualidad del corazón y de lo cotidiano, basado en la vida de David en 1 y 2 Samuel. ¡Lindo desafío!
En las vísperas de terminar el encuentro junto al grupo fuimos sorprendidos con un incendio que se acercaba a las instalaciones. Al intentar movilizar un equipo para cortar el camino del fuego, rápidamente tuvimos que cambiar de idea y evacuar a todos lo más rápido posible, puesto que el fuego ya había tomado los abundantes arbustos y árboles que rodean el área del campamento.
Con mucho viento, y el fuego literalmente saltando alrededor nuestro, vimos una única posibilidad. Refugiarnos en el río, en un lugar donde es un poco más ancho, a unos 15 minutos de nuestras cabañas.
La última imagen grabada en nuestra retina en medio a la escapada fue la de un fuego alto que tomó por completo el área en que estaban los predios del campamento.
Nos quedamos cerca de una hora y media, en ese punto más abajo, literalmente dentro del río, sin saber bien qué pasaba. Escuchábamos el fuego, veíamos el humo y también el helicóptero que combatía al incendio, pero no podíamos hacer mucho más que esperar.
Cuando dos bomberos llegaron ahí donde estábamos y nos dijeron que debíamos salir rápidamente de la zona fue, confieso, cuando más temor sentí. El grupo ya estaba cansado, física y emocionalmente, y había que evacuarlos una vez más, en medio de una zona de incendio.
Después de un largo recorrido por terreno accidentado, cercas de alambre de púa y mucho humo, llegamos a salvo al margen de la autopista donde se había originado el fuego. En total, 3 horas literalmente corriendo por la vida. ¿Lecciones? Creo que muchos todavía están procesando, como yo, todo lo que pasó. Aún así me arriesgo a algunas observaciones.
Creo que Dios hizo con que, en medio de la crisis, el valor y los dones que Él da a cada uno se hiciesen evidentes para el bien común. Hubo quien orase, cantase, quién cuidó de aquellos que necesitaban de calma, quién ayudó los que no se sustentaban en el río, y los que se apoyaron en la fuga en terreno accidentado.
Tomo la libertad de nombrar a una persona, Carmen Castillo, secretaria general de GBU Chile. Mientras que su esposo, su hijita y suegra estaban en una casa muy próxima al campamento que fue tomado por el incendio, y sin saber más noticias de ellos, de algún lugar ella sacó fuerzas y espíritu de liderazgo para conducir todo el grupo en seguridad. Creo que bien pocos lograrían hacer lo que ella hizo en un momento de tensión como ese.
La primera cosa que hicimos cuando llegamos a la ruta fue orar y agradecer por nuestras vidas, pues supuestamente habíamos perdido todo. Es que nuestra última “fotografía” del local nos hacía creer que todo se había quemado. Fue solo cuando los bomberos nos permitieron volver que comprobamos con nuestros propios ojos que los predios y cabañas de madera todavía estaban allí.
Para mi la prueba más importante ahí fue descubrir nuestra capacidad de entregar lo que tenemos, sobre todo algo valioso y querido por nosotros. Incluso el propio campamento, un espacio por cierto que usado por Dios para bendecir. ¿Y si se hubiera quemado? Bien, creo que Dios haría lo que le es peculiar, seguir con su obra, reconstruir, utilizarnos, con o sin
predios, con o sin recursos. Bueno, la verdad que con un recurso primordial, nuestra vida en sus manos.
Un libramiento
Hasta para un escéptico poco habituado a milagros como yo, el libramiento que Dios nos proporcionó fue algo fuerte. El fuego pasó literalmente a centímetros de las cabañas de madera, también protegió con mano firme y misericordiosa algunos pocos que habían quedado atrás, incluyendo la familia de Carmem, el cuidador y dos estudiantes que volvieron para ayudar a combatir el fuego. ¿Dios siempre nos libra de los peligros? Creo que no. Mas ahí claramente nos libró y aún hay que meditar en las lecciones y oportunidades que se abren para nuestra madurez espiritual con ese libramiento.
Sacrificio
Pocas veces, o tal vez nunca antes en mi vida, haya visto tanta gente joven trabajar tan duro como lo hicieron en la madrugada y día siguientes al incendio. Estaban cansados, agotados, y aún así no durmieron, vigilando y apagando focos de incendio que volvían a aparecer, con palas y paletas en manos y cargando pesados baldes de agua en largas distancias. Sin reclamar y me parece que igualmente sin medir el tamaño del esfuerzo que hacían.
Por cierto que fue toda una experiencia, muy poderosa e intensa. ¿Las lecciones? Aún se necesitará tiempo para pensar en todo lo que se aprendió, y hay que pasar ese testimonio a las próximas generaciones estudiantiles. Destaco aquí, por ahora, esas rápidas lecciones:
• Si estamos en las manos de Dios, Él puede sacar lo mejor de nosotros en medio a una crisis (infelizmente, el opuesto también es verdad);
• El recurso más importante que tenemos no son nuestros bienes o recursos, sino nuestras vidas en las manos de Dios;
• Aunque Dios no nos libre siempre de los peligros, hay que reconocer cuando con sus manos Él interviene en nuestras vidas y meditar sobre las oportunidades que Él nos da;
• Cuando la mano del Señor esta conmigo puedo hacer cosas que humanamente pienso que no está a mi alcance hacerlas.
¿Ven como las “manos de Dios” aparecieron en cada una de esas 4 lecciones? Creo que fueron ellas las que cambiaron viento, protegieron, sostuvieron en el río y nos llevaron en cada momento. Miren que hasta un escéptico como yo fue capaz de percibir esas manos. ¡Gracias, Señor!
Fotos: Sandra Aravena (GBU Chile)



