Hace unos días estuvo por nuestra casa Marina Medina, después de compartir Palabra y ministerio en un Encuentro de Profesionales de Compa. Fueron días de descubrimiento, de comunión, de relax y de crecer en esa cosa etérea llamada amistad.
Una de las cosas que pudimos descubrir fue nuestros afectos a la comida. Por mi lado metido todavía en el programa nutricional alternativo, “la dieta”, dictado por la nutrióloga. Marina especialmente afecta a los cereales, ella me compartía que todas las mañanas puede servirse un cereal con leche y es feliz, los “chereos” son de sus favoritos!!!. 
Amante de la actividad, de lo interactivo, iniciamos nuestro recorrido en una pista de patinaje de hielo. A Dios gracias nos acompaño mi hija Valeria y una amiga de ella. Como se pueden imaginar yo ni loco me metí. Crecí en otra generación, de los patines de cuatro ruedas (dos de cada lado) y con freno adelante y atrás. Marina me compartió que en la ciudad de Panamá cuando abrieron la primera pista de patinaje sobre hielo ella estuvo más que dispuesta para ir a aprender. Lamentablemente después de un tiempo la tuvieron que cerrar. Yo acompañe esta experiencia como la puede hacer alguien de mi edad, con un café de starbucks, por su puesto descafeinado y con splenda (sustituto de azúcar).
Ya en la noche, siguiendo la tradición norteña de hospitalidad, organizamos una “carne asada” (Grill, Barbacoa, Bife,) con los amigos. Los no amantes de esta comida prefirieron traer “sushi” o fuchi como algunos le llaman. Llegaron los Menchaca, los Roldan, los Sholl y al final los Moncada (mi pastor y su familia). Marina estaba asustada por la cantidad de comida, “no acostumbro a cenar tanto” nos decía. Los de buen diente solo sonreían y seguían comiendo.
Por la mañana armándose de valor un poco comprometida por el anfitrión me acompañó a mi rutina de caminar 5 K. Se nos pasó muy rápido el tiempo, ahí descubrí que Marina disfruta de las experiencias extremas. Estuvo tomando clases de natación con el propósito de continuar con un curso de buceo. En España fue a uno de esos lugares para esquiar y sin más ni más ella se subió y se aventó. En el evento de Lausana para jóvenes, se subió a una moto acuática en la orilla del mar. Al irla escuchando no lo podía creer, detrás de esa chica seria, formal, responsable, cumplida, hay alguien que ama, busca y disfruta de las experiencias extremas. 
Hicimos visitas relámpagos al trabajo de Claudia, una Fundación que hace trabajo comunitario, y a la oficina de Compa. Los museos también fueron parte de nuestras visitas, no se si por nuestro aprecio por la cultura o por el calor infernal de 38º a 40º C. Pasamos por la dos principales universidades, la UANL y el Tec de Monterrey.
No podía faltar la visita al paseo Santa Lucía, nueva atracción en la ciudad. Ahí fuimos con toda la familia. En esta ocasión aparte de disfrutar la caminata, Marina pudo constatar el desafío que es ser padre y madre de tres. No sabemos si era cansancio, celos, pero nuestros hijos no venían con un espíritu muy cooperador, llevaron nuestra paciencia a situación extrema. Claudia y yo, solo nos volteábamos a ver y nos reíamos.
El último día fue tuvimos una mañana más tranquila, pasamos tiempo dialogando sobre la familia, compartimos algunas cargas y oramos. Después de eso, salimos a las “Grutas de Garcia”. Era mi primera vez ahí. Un teleférico que te sube a la montaña, en una distancia de mil metros. Ya en la parte alta uno entra a unas cuevas, y nos dicen en la entrada que son 700 escalones los que tendremos que subir y bajar. ¿Qué hago aquí? me dije a mi mismo. Me arme de valor, el lugar es bonito y espectacular.
Ya en la tarde noche, era el tiempo para comprar algunos regalitos y recuerditos. Marina llevaba algunos detallitos para la familia y también para las amigas esas amigas especiales que hacen de nuestra vida una experiencia significativa, comunitaria y extrema..