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Aprendiendo de los discapacitados Agosto 23, 2009
La semana pasada mi esposa y yo visitamos el Centro Ashish, una escuela para niños con problemas de aprendizaje en Delhi, la capital India. La escuela fue ideada por una amiga nuestra, Geeta, quien tiene un hijo autista de 14 años llamado Samarpan. En la sociedad india, las discapacidades traen consigo un fuerte estigma social. Los padres, pobres y ricos, "dejan" a sus hijos en el Centro con impotente frustración, esperando que Geeta y los demás compañeros maestros (mayormente voluntarios) puedan obrar el milagro de "curarlos".
Y los milagros sí suceden. Pero no en la forma que esperan los padres. Sus propios corazones son transformados por el amor, al ver la manera en que los maestros pacientemente hacen que estos niños desarrollen su inesperado potencial. Niños que, hasta ese momento, habían estado encerrados en sus casas alejados de la vista de otros, ahora son tratados sin vergüenza como miembros iguales de la familia. A pesar de esto, la escuela permanece desesperadamente con poco apoyo. Como los gobiernos en todo el mundo, el gobierno indio derrocha cantidades desproporcionadas de dinero a escuelas de élite y universidades, mientras que proclama su compromiso en proteger los derechos humanos y la dignidad humana.
Le pregunté a Geeta qué ha aprendido de los niños como Samarpan. Su rostro se iluminó cuando respondió de inmediato, "Nos enseñan a ser reales. No hay pretensiones o vanidad, no usan máscaras como la gente que nosotros llamamos 'normales'. Y al ser sinceramente honestos con nosotros, nos obligan a ser honestos con nosotros mismos." Después añadió, "He aprendido a través de él lo que verdaderamente importa en la vida y lo que simplemente es trivial."
Raramente los discapacitados exigen nuestro respeto. Al menos que sean un Beethoven, una Helen Keller o un Stephen Hawking. Pero aquí el respeto no es porque sean humanos, sino por sus habilidades casi sobrehumanas al superar las adversidades. Normalmente los discapacitados nos avergüenzan. Los queremos desaparecer de nuestra vista, ya sea matándolos (si la ley lo permite) o al ponerlos en instituciones alejadas. O de otra forma, tratamos de hacerlos "encajar", al intentar que ellos se adecuen a nuestras normas de éxito.
"Ser políticamente correcto" nos lleva a dejar de usar palabras como "discapacitado" o "invalido", y que lo remplacemos por el de "capacidades diferentes". Si esto tiene el propósito de recordarnos sobre su esencial y equivalente humanidad, entonces es bienvenido. Pero también sirve para perpetuar la creencia popular pero errada que nuestro carácter humano es algo que poseemos o alcanzamos por virtud o habilidad. Sin embargo, los cristianos insistimos que mientras tenemos naturalezas, somos personas. Las personas discapacitadas tienen naturalezas humanas dañadas; pero el resto de nosotros estamos dañados en formas más profundas y peligrosas.
Yo sugiero que los discapacitados entre nosotros presentan un incómodo desafío para nuestra moderna ilusión de autosuficiencia individual y perfección humana. Los discapacitados nos ponen un espejo a nuestra propia fragilidad, vulnerabilidad e inter-dependencia como comunidad humana. Esa es la verdad de la condición humana. Pero en nuestro deseo de poder, vemos la vulnerabilidad como debilidad y a la inter-dependencia como una restricción. Equiparamos libertad con auto gratificación, los límites con opresión. Vemos nuestras vidas como si nos pertenecieran a nosotros solamente.
Desafortunadamente, nuestra mortalidad se burla de nuestra pretensión de ser dioses. Tal vez por eso muchos doctores en nuestros hospitales huyen al tener que hablar sobre la muerte a sus pacientes. Y mientras los practicantes de la medicina moderna se piensen a sí mismos como hacedores de maravillas, y de su trabajo como de ingeniería humana, en vez de aliviar el sufrimiento humano cuando sea posible, siempre considerarán a la discapacidad y a la muerte como un "fracaso".
¿Pero qué hay de su propia muerte? O aún de la pérdida de sus habilidades, por ejemplo, en un accidente- ¿todavía demandarían respeto como humanos? Los discapacitados nos obligan a enfrentar esos asuntos que se encuentran en el corazón de la existencia humana. La forma en que nos relacionamos con los más vulnerables e indefensos entre nosotros puede ser una medida de nuestra propia humanidad, como individuos y sociedad.
"La contemplación mira tras los ojos
de un accidente de la naturaleza, de un niño malformado.
¿Cómo puede esta monstruosa tristeza considerarse humana?
Esto seguramente personifica
las angustiosas preguntas que desafían a los sabios.
"Mira", dicen algunos, seducidos por el sentimiento,
"Su alma asoma algo". Sonríe como ausente,
no hay contacto visual, inerte-y la vana esperanza muere.
Y aún así esta forma pasiva llora de dolor.
Hambrienta de necesidades básicas y bramando por aire.
La humanidad yace allí: todos somos iguales-
vulnerables y frágiles, desafiando a la muerte.
Impotentemente la imagen de Dios revela.
Como sal sobre la herida, sana la aflicción."
(Traducción libre de - Frances Young, Face to Face: a Narrative Essay in the Theology of Suffering, (T & T Clark, 1990)
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