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Vonoth Ramachandra Lenguaje y Vigilancia Octubre 02, 2009

China ayer "celebró" 60 años de gobierno comunista. Debido a que nunca he visitado aquel gran país, no me atrevo a comentar sobre sus logros económicos o sus fracasos políticos. Pero esto es lo que un joven amigo chino escribió en el aniversario:

"Insostenible, antidemocrático, inmoral, corrupto, despiadado, contaminado, paranoico y sin valores."

¿Qué adjetivos vienen a nuestra mente cuando pensamos en nuestros propios países?...

Los gobiernos matan. Esto es verdad para los gobiernos de todo matiz ideológico, de derecha a izquierda. La gran mayoría de los cientos de millones de civiles desamparados y desarmados que han sido disparados, quemados vivos, bombardeados y torturados los últimos cien años han sido víctimas de sus propios gobiernos o de gobiernos extranjeros. Las atrocidades cometidas por insurgentes en contra del gobierno, rebeldes, terroristas y otros parecidos son numéricamente insignificantes en comparación de las cometidas por el gobierno, aunque igualmente perversas.

Pero esa no es la impresión dada por los medios de comunicación, locales y globales, que prefieren enfocarse en los ataques "terroristas" espectaculares (un enfoque que echa más leña al fuego para tales métodos "terroristas"), en vez de los secuestros y matanzas, muchas veces secretos y rutinarios, de los disidentes y críticos. El hecho de que los medios están comúnmente controlados por los gobiernos o son posesión de unos pocos magnates que están coludidos con el gobierno es otra razón para dicha preferencia.

Por eso es tan importante la vigilancia política de parte de los civiles comunes como nosotros. Fíjense en el lenguaje de los políticos. "Leyes de emergencia" y "seguridad nacional" son comúnmente formas de encubrir el reforzamiento del poder y justificar la represión. No fue hace mucho que la frase "actividades anti-americanas" fue utilizada alrededor de los Estados Unidos sin generar mucho debate. China aún habla de "elementos antipatrióticos" aunque las expresiones de Mao acerca de los "lacayos capitalistas" y los "revisionistas occidentales" ya quedaron atrás. "Comunistas", "terroristas" y "partidarios terroristas" están muy difundidos en Asia del Sur. La "amenaza musulmana" asoma su feo rostro en algunas naciones europeas.

La historia moral del siglo veinte es horrible. Pero sería incompleta si olvidáramos incluir la aparición, en respuesta a los horrores, de un reconocimiento global de los derechos humanos: es decir, derechos que se adjuntan a la condición de ser simplemente humanos, un miembro de la especie Homo Sapiens. Los mayores logros documentados en cuanto a esto están en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU (1948), el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de la ONU (1966) y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU (1966). La filósofa católico-romana Mary Ann Glendon observa al final de su narrativa sobre la Declaración de Derechos Humanos: "Al afirmar que todos los derechos pertenecen a todos, en todo lugar, apuntaba a poner fin a la idea de que el trato de una nación a sus ciudadanos era inmune al escrutinio externo."

Es esa "inmunidad al escrutinio externo" que los déspotas exigen. Los gobiernos que han firmado esas declaraciones continúan violándolas con impunidad. Y eso es una verdad para democracias liberales cuando perciben amenazas a su "seguridad nacional" o "prosperidad económica", así como para las dictaduras. Ahí yace la máxima falla de todas estas declaraciones: su falta de aplicabilidad, aparte de las sanciones económicas y en algunos casos extremos, el genocidio e intervención militar.

Por otra parte, las declaraciones se sientan incómodamente sobre un principio fundador de la Carta de la ONU- el mito de la "soberanía nacional"- invocado por regímenes malvados alrededor el mundo para desviar toda crítica internacional. El mayor problema con la ONU no es la corrupción ni la doble cara (aunque sí son muy reales), sino el hecho de que fue concebida en un mundo de estados soberanos, un mundo donde la preocupación dominante después de la segunda guerra mundial fue la garantía del establecimiento de la inviolabilidad de las fronteras nacionales. Pero el mundo de hoy es uno donde las guerras suceden típicamente dentro de los estados. Poblaciones enteras o minorías dentro de las poblaciones necesitan protección contra sus propios gobiernos despóticos. Así que el énfasis en la Carta de la ONU sobre la inviolabilidad de los estados soberanos plantea un dilema.

El preámbulo a la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU en 1948 abre con la demanda que "la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana." El artículo 1 continúa afirmando que "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros." Esto obviamente no es una observación empírica. ¿Así que cuál es la condición epistemológica?

Añadiendo a esto, ¿qué hay en todos y cada uno de los seres humanos que les da ellos y ellas la intrínseca dignidad que sirve como base para los derechos humanos? No es una pregunta fácil para responder. Y todo intento secularista para responder termina defendiendo los derechos de algunos seres humanos y no de todos. Seguiremos hablando de eso la próxima vez.

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[1] Mary Ann Glendon, A World Made New: Eleanor Roosevelt and the Universal Declaration of Human Rights
(New York: Random House, 2001) p.235


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