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Vonoth Ramachandra La muerte morirá Septiembre 6, 2009

Mi padre murió la semana pasada. La muerte fue un alivio misericordioso, porque había estado afligido por demencia severa hacía cuatro años. Murió en casa rápidamente y sin dolor con mi madre, una de mis hermanas y yo a lado de su cama. Aunque habíamos estado experimentando una prolongada pérdida por los últimos años, finalmente su muerte no dejó de ser un momento triste para todos nosotros.

Dejamos el cuerpo de mi padre en un ataúd abierto en la casa de mis padres, como es la costumbre local y recibimos a mucha gente de diferentes creencias y andares de la vida que vinieron a ofrecer sus condolencias. Mi padre tocó muchas vidas, tanto como cirujano del gobierno y como maestro (en el Colegio Médico de North Colombo). Tuve el privilegio de dar el elogio en el servicio de acción de gracias justo antes de llevar su cuerpo al cementerio para ser enterrado. Abajo les dejo un fragmento de lo que compartí en el servicio.

Habré de recordar a mi padre no por sus logros sino por su carácter. Especialmente su sencillez y su integridad. Él rechazó todo lujo y ostentación, pompa y pretensión. Él se negó a seguir el juego de los políticos. Aún como cirujano del gobierno, él viajaba en autobuses públicos y en trenes a las varias estaciones donde trabajaba. Seguramente su negativa a ejercer en el sector privado, decidiendo permanecer en el servicio gubernamental, a pesar de todas sus frustraciones se debió, creo yo, a su sentido de responsabilidad hacia la llamada "gente común" en oposición a la ricas élites de nuestra tierra. Esta sencillez era parte de su integridad. Él no portaba caretas, sino era en público lo mismo que en privado, diciendo lo que pensaba de manera que algunas veces eso le ganó enemigos. Era completamente incorruptible. Cualquier cosa que se le asignara, él lo llevaba a cabo de manera meticulosa y responsable. Tal integridad es rara en la profesión médica hoy en día y en nuestra sociedad en general.

Sin embargo, cada vez que miraba el deterioro gradual de mi padre y su aspecto marchito, y sufría por la pérdida su mente aguda, también pensaba, "¡Algún día, él será una gloriosa y radiante criatura!" Porque como cristianos, no simplemente vemos con nostalgia lo que una persona fue. También miramos hacia adelante para ver lo que serán algún día. El gran filosofo de la Europa medieval, Tomás Aquino, una vez definió a los seres humanos como "animales con una orientación hacia la amistad con Dios y amistad con otros.". Sí, somos animales, parte de un reino animal mayor, y los despojos de animal perecedero que están en el ataúd de mi padre nos recuerdan esa verdad. Nosotros, como seres humanos, no caímos del cielo. Pero también somos más que animales. Somos esa misteriosa entidad llamada "personas". Vivimos nuestras vidas animales de una manera muy personal.

Mi persona es lo que demanda que se me reconozca como alguien y no como algo. Y que cada ser humano debe ser tratado como un alguien y no como un algo. Nuestras identidades personales se forman a través de relaciones - con Dios y unos con otros en la familia humana. Y aún cuando nuestros frágiles cuerpos perecen con la muerte, nuestra identidad personal - todo lo que me ha hecho único como yo y no tú - continúa con Dios. Y Dios ha prometido y nos ha dado una probadita de eso con la resurrección de Jesucristo, que nuestras identidades personales serán re-corporeizadas , "re-expresadas", si así lo quieren, en nuevos cuerpos en donde todo lo que era verdadero, bueno y justo y hermoso en nuestras vidas se va a re-enfocar y contribuirá a la vida de un mundo renovado.

Así que no debemos esperar hasta el final de nuestros días para darnos cuenta que lo realmente valioso de perseguir en la vida son nuestras amistades con Dios y con otros. La realidad y profundidad de estas relaciones son lo que nos define, no nuestros autos, casas o cuentas de banco. Y son infinitamente más preciosas porque son más duraderas que el estatus, el dinero o el poder.


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